El Helicoide y Punta Carretas, caminos opuestos de la democracia
La arquitectura de un país suele mostrarnos parte de lo que es y de su historia, el reflejo de su salud estructural y de la inversión que hace el Estado, una muestra de lo que le importa al poder. Mientras algunos edificios logran sacudirse un pasado de sombras para integrarse a la vida civil, otros, nacidos de sueños de modernidad y desarrollo, terminan convertidos en monumentos al horror y la miseria humana.
Hacemos acá una comparación de dos estructuras arquitectónicas que se diseñaron con una intención y se transformaron en otra. Es la comparación de dos Estados y sus sociedades a partir de las decisiones que permitieron esas transformaciones. La comparación entre la excárcel de Punta Carretas en Montevideo-Uruguay y El Helicoide en Caracas-Venezuela no es solo un ejercicio de historia urbana. Es el retrato de dos destinos políticos opuestos en nuestra América.
Me mudé a Uruguay hace poco, no por deseo sino por exilio político y aunque he conocido poco de este país, las historias de los uruguayos me hacen sentir que conozco mucho, no solo de la cultura sino de sus lugares emblemáticos. En una noche de trabajo, mientras hablaba de El Helicoide, la persecución y las torturas, mi interlocutor me contó que en Uruguay hubo una cárcel que ahora es un Centro Comercial.
En Uruguay, el edificio de Punta Carretas comenzó su historia a finales del siglo XIX, proyectado originalmente como una cárcel para mujeres en 1896 pero en 1901 se transformó en un centro penitenciario para hombres. Durante años, esta prisión marcó la cotidianidad del barrio aledaño que Mario Benedetti describió con nostalgia y humor en La borra del café. La prensa del momento describía cómo la vida cotidiana de la vecindad se mezclaba e interactuaba con la presencia del penal; el propio Benedetti narró la famosa fuga de 1931, en la que Roscigna, Moretti y otros 9 presos escaparon a través de un túnel de 50 metros que conectaba el baño de la cárcel con una carbonería llamada, contradictoriamente, El Buen Trato.
Ese ingenio, desplegado en 1931, encontró eco cuarenta años más tarde. En 1971, en lo que se convirtió en la fuga más grande de la región y una burla al sistema de máxima seguridad del penal, 111 integrantes del movimiento Tupamaro, incluyendo a Pepe Mujica, y cinco presos comunes, lograron fugarse de Punta Carretas. El vínculo histórico tiene un elemento aún más elocuente, ya que los nuevos excavadores del 71, en su ruta hacia el exterior, se toparon con el túnel original de los anarquistas del año 31.
El destino de Punta Carretas cambió drásticamente tras un motín en 1986 que llevó a su clausura definitiva. En lugar de permitir que la estructura se pudriera como un recordatorio del encierro, el Estado uruguayo, caracterizado por una sólida división de poderes y estabilidad institucional marcada por la democracia, impulsó su reconversión. En julio de 1994, lo que fue un lugar de muros sombríos e infranqueables abrió sus puertas como el Punta Carretas Shopping, un centro comercial y cultural que hoy simboliza el progreso y la convivencia de una de las sociedades con mayor nivel de desarrollo de la región.
En el otro extremo del continente, al norte del sur, la realidad fue diametral. La tragedia venezolana de este siglo se describe y se materializa en El Helicoide de la Roca Tarpeya. A diferencia de Punta Carretas, esta estructura fue concebida en los años 1950 como el centro comercial más moderno y vanguardista de América Latina: un símbolo del auge petrolero y contradictoriamente durante el mandato de un dictador: Marcos Pérez Jimenez. La publicidad que se hacía, con sus planos y esa aspiración de innovación, aún crea una suerte de añoranza de lo que pudo ser y no fue. En la Venezuela actual, un Estado sin división de poderes y sumido en una terrible dictadura, aquel símbolo del sueño desarrollista se convirtió en la peor de las pesadillas.
El diseño, que arrancó su primera fase en 1956 tras de la caída del dictador, terminó en 1961. Luego, fallas en el presupuesto limitaron el avance. El diseño de los arquitectos Pedro Neuberger, Dirk Bornhorst y Jorge Romero Gutiérrez fue exhibido en el Museo de Arte Moderno de Nueva York entre el 61 y el 65. En 1982 se concluye la cúpula geodésica que iba a convertir ese espacio en un área de espectáculos. Para 1984, con avances esporádicos y sin un proyecto claro, el Estado comenzó a usar las instalaciones. Uno de los usos fue para la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP) y durante el intento de golpe de Estado de noviembre de 1992, la estructura fue afectada porque desde allí se respondió con antiaéreos y fue bombardeada.
Hoy, El Helicoide es la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). Una decisión de Hugo Chávez Frías en 2010, quien se jactaba de ser un revolucionario y defensor de la democracia, que hasta hoy la izquierda de Uruguay lo reivindica como defensor de las clases oprimidas. Esta estructura se ha transformado en un epicentro de la tortura sistemática contra los presos políticos. Yo lo conocí. Visitaba cada sábado durante 5 meses a una compañera con la que militaba en un partido comunista en 2014: Sairam Rivas. Aunque no fui presa política, el daño que se genera a las víctimas se traslada a sus familias y amistades. Mientras Punta Carretas pasaba de la oscuridad a la luz, El Helicoide hizo el camino inverso.
Para las y los venezolanos hay claridad sobre los horrores que viven allí los miles de presos políticos que conocen en carne propia sus instalaciones. Para quienes no son de Venezuela, vale decir que los relatos de sobrevivientes describen horrores que desafían la imaginación: desde el convencional uso de descargas eléctricas y asfixia con bolsas plásticas, hasta el método del pulpo o la crucifixión, propias del medioevo. Los pasillos, que debían albergar vitrinas de mercancías, hoy resuenan con los gritos de quienes son detenidos arbitrariamente por pensar distinto.
Esta divergencia arquitectónica es el síntoma de una brecha económica y social abismal. Uruguay se erige como un modelo de estabilidad, con salarios mínimos que se encuentran entre los más altos de la región y bajos índices de pobreza y bajo un Gobierno que se reivindica de izquierda. Por el contrario, Venezuela enfrenta una crisis humanitaria sin precedentes, con la mayor tasa de pobreza del continente y un salario mínimo hecho cenizas.
La decisión de convertir El Helicoide en un centro de tortura sistemática, así como la inversión de recursos públicos para adaptarla y sostener ese horror, es la radiografía del talante del gobierno. Un Estado que, deliberadamente, eligió destinar su presupuesto y su ingeniería a la maquinaria de la represión, en lugar de a la educación, a la salud o a la infraestructura civil para la recreación y el ocio.
Pero esa decisión no fue un accidente. Fue la piedra angular de un proyecto político que sabía que su capacidad de sostenerse era sembrar el miedo, el dolor y la aniquilación del disenso y la dignidad de la gente. Allí donde se erige un centro de tortura, se detruye la posibilidad misma de la democracia, porque se niega el derecho fundamental a la integridad, a la libertad de pensamiento y, en última instancia, a la condición humana.
Esta elección política definió, a su vez, el destino de desarrollo de toda una nación. La inversión en aparatos de control y castigo, en armas, cárceles y sistemas de inteligencia para vigilar y quebrar a la ciudadanía, limita o niega los recursos que podrían fortalecer escuelas, universidades, hospitales e industrias. El resultado fue una sociedad lastimada y sojuzgada, en la que el talento se marchitó, la creatividad se ahogó bajo la bota y la energía colectiva se consumó en la mera supervivencia, propia y de sus presos políticos o en el exilio como los millones que están, como yo, fuera del país.
Punta Carretas y El Helicoide nos recuerdan que, sin democracia y respeto a los DDHH, incluso el acero y el concreto más modernos pueden ser instrumentos de la barbarie. La propuesta de Amnistía y la decisión anunciada por Delcy de convertir El Helicoide en un centro deportivo y social, es un quiebre a la historia represiva que vive el país y una esperanza de cambio.
Pero el daño ha sido tal, en estos 16 años de tortura, que el cambio costará mucho más que una declaración. Sin embargo, Venezuela está llena de gente creativa que puede y quiere hacer que el país se llene de espacios de encuentro, de ciudadanía y de ejercicio democrático y de derechos. Para ello, el pueblo debe ser parte fundamental de la discusión de la Ley de Amnistía y también de la posibilidad de una transición a un gobierno retome el rumbo democrático, social, de derecho y de justicia.
Los que estamos afuera, estamos con mucha expectativa y con las ganas de volver a nuestra patria, en libertad, para reconstruirla con la experiencia de lo vivido y con la convicción de que sí es posible que la sociedad y el Estado trabajen por y para el bienestar y desarrollo colectivos.
Nota: Artículo publicado en El Pitazo el 14 de febrero de 2026. https://elpitazo.net/opinion/el-helicoide-y-punta-carretas-caminos-opuestos-de-la-democracia/




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